VivirlasMerindades contando historias de esta tierra.
Nos enseñan a respetar a todos los que la vida viven, en la Comarca o venidos de otros lugares.
Una de ellas, recitada de generación en generación, trata de una mujer huraña que habitaba una casa de la Merindad de Sotoscueva. Con nadie se hablaba y a todos odiaba.
Tuvo lugar, en una ocasión, el encuentro de la mencionada con una nueva vecina a la que deseaba intimidar, pues su naturaleza le impedía ser sociable con todo ser de su especie.
Bichos traídos en jaulas y grilleras a su lar desde la gran cueva que albergaba al concejo de la Merindad le acompañaban en su devenir diario y que le reportaban los ingresos necesarios para subsistir en el duro invierno entre duras heladas y nevadas, a la espera de S. José, fecha ansiada para dar por terminada la triste y oscura estación.
Escarabajos, tritones, sanguijuelas y algún que otro lagarto se removían junto a la chimenea que todos los días humeaba y que calentaba un caldero negro y requemado, colgado de una cadena herrumbrosa e infinita, que parecía estar colocada por el mismísimo Tenebroso.
Esa vecina, llegada de otro valle cercano, tenía marido hacendoso y zagales aplicados. Sus sanas costumbres sacaban de quicio a la bruja, que así por muchos la tenían, y que le provocaban cometer actos que no se recogían en ningún ordenamiento cristiano.
Todos sospechaban, aun sin pruebas directas, que las noches se tornaban en aliadas de sus acciones. Ruidos y movimientos fuera de lo común se registraban en torno a su casa. Nadie del pueblo osaba siquiera asomarse a sus alrededores.
Mil veces había maldecido a todo aquél que lo hiciera. Mas esa nueva mujer, recién llegada, nunca había hecho caso de dimes y diretes. Ya en su anterior hogar había comprobado que los chismes ocasionaban malentendidos e interpretaciones erróneas e injustas.
Ninguna amenaza suponía, por lo tanto, para ella la mala reputación de la maldecida.
La aurora anunciaba el comienzo de sus actividades, y con total normalidad arreaba el ganado a las brañas para, en el ocaso, retornarlo y resguardarlo para ordeñarlo dentro de la cuadra que en los bajos de la casona se encontraban.
Así un día y otro día. Las noches servían para el descanso y el relato de historias que pudieran servir a los más pequeños para encarar el futuro con garantías.
Así hasta que, en vísperas de la Natividad, comenzaron a escucharse ruidos extraños en el portal de la casa. Ahí, donde las gallinas se removían cuando algo fuera de lo común sucedía.
Al cabo de varias noches, por fin osó la vecina indagar esos extraños soniquetes.
Acompañada de un candil y en camisón, se acercó a la entrada de la casa, tras cerciorarse de que en la cuadra, en el pajar y junto al gallinero todo estaba en orden.
Justo cuando se disponía a retornar a su habitación, pudo sentir el movimiento entre las tejas del patio de una sombra negra. La luna llena pudo delatar esa figura siniestra que se escurría con sigilo al detectar la tenue luz oleosa que portaba la dueña.
Sin mencionar a nadie lo sucedido, la lechera dispuso una guardia silenciosa con una hoz en mano, totalmente a oscuras, al calor del perenne rumiar del ganado, recostada entre la paja.
Llegada la Nochebuena, todas las casas del pueblo celebraban la venida de Jesús. En todas las cocinas se cantaban buenas nuevas. En todas excepto en dos de ellas.
La casa de la maldecida y la de la nueva inquilina se encontraban en completo silencio y a oscuras. La noche más larga y fría parecía haber asaltado y vencido esos lugares.
…
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