miércoles, 10 de agosto de 2016

Lágrimas de san Lorenzo

Vivelasmerindades recorriendo las figuras estelares en busca de las lágrimas de S. Lorenzo.

El tren transcantábrico aparece por el extremo noroeste de las Merindades en un omnipresente verde vivo de los prados meneses para ascender hasta casi rozar el cielo en la Merindad de Montija.

La Merindad de Sotoscueva desafía a la estela férrea con todo su poder mágico a la vera de Ojo Guareña haciéndola desaparecer de forma incomprensible para volver a la realidad en la Merindad de Valdeporres.

Otra de las siete merindades es Valdebezana. En ella, el río Ebro engorda cada invierno para saciar la sed y otras necesidades de la cuenca media y baja de la gran depresión norteña de la Península que ha cincelado desde tiempos inmemoriales.

Julio Llamazares repasa esa ruta en su libro Las lágrimas de San Lorenzo como paso obligado entre la Vizcaya inmigrante e industrial y el norte de Castilla y León.

Transitar desde el litoral cantábrico hasta las cuencas mineras del norte de Palencia y León era una utopía. Todo ello hasta que la FEVE rompió ese sueño imposible para hacer rugir grandes hornos metalúrgicos en Euskadi.

Esa hulla no viajaba en soledad. Miles de emigrantes lo acompañaban en ese dulce traqueteo para lograr el desarrollo industrial, económico y social de una gran urbe como el Gran Bilbao.




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